Relato de Terror

Relato de Terror

Estaba tumbada sobre la cama, con las piernas colgando hacia fuera, y apenas tapada por una fina manta. El aire frío le estaba helando los pies, pero no tenía ganas de incorporarse, ya que cada vez que lo hacía… le invadía esa sensación de irrealidad. Esa sensación de que miras pero no ves nada, todo te parece nublado, y te mueves o caminas, sin ser consciente dónde estás. Es un mal sueño, cuando el mundo se te ha puesto… patas arribas.

Después de media hora, sus ganas de ir al baño eran demasiadas como para quedarse tumbada. Fue, y cuando volvió, esta vez se sentó sobre la cama junto a la ventana. Se tapó con la manta y observó tras los cristales. Los árboles se movían con fuerza, y el fuerte silbido del viento era todo lo que podía oír. Era muy tarde, y todas las ventanas del edificio de en frente estaban a oscuras… excepto una, que estaba alumbrada por el brillo de una luz clara, como el de una lampara, donde una sombra que se movía en el interior, se acercó a la ventana bierta, y se apoyó en ella. Quien fuera no parecía notar el frío, ni ser consciente del viento.

«¿Me está mirando? ¿Por qué parece que me mira fijamente?» pensó, con un nudo en el estómago, viendo a aquella figura que parecía observar en su dirección.

Estaba lo bastante lejos, pero de pronto, pudo sentir su malévola sonrisa.

Dejó de mirar por la ventana para introducir todo su cuerpo debajo de la manta. Ahora todo estaba más frío, salía vaho de su boca mientras respiraba nerviosamente. Volvió a echar un vistazo tras el cristal, pero la figura ya no estaba.

Suspiró aliviada, todavía podía verse la luz de la lámpara. No comprendía que había sido eso, pero no quería volver a verlo; ya era suficiente con su propia oscuridad.

Cuando volvió a prestar atención a su habitación… ¡Estaba ahí! Eso, ¡Estaba ahí! Tras la puerta, con intención de entrar. Tenía una apariencia terrorífica, mucho peor que un demonio, y se acercaba poco a poco a ella.

«¡No!», Gritaba para sí «¡No!». Y sólo quería llorar y encogerse en un rincón y dejar que todo pasara, mientras su frío aliento le rozaba ya la nuca. Pero no podía dejarse así…

—¡Ya basta! ¡Basta! —gritó, acompañada por los golpes del viento que hacía temblar hasta las paredes.

Tomó el bate de béisbol que usaba para decorar su habitación y golpeó al aire. Aquella cosa no tenía materia. Los golpes se los llevaba el aire. Y Eso, aún le sonreía. Pero ella no se detuvo, siguió golpeando y golpeando, hasta que a aquello le cambió la expresión, y con cara de disgusto retrocedió fuera de la habitación. Y ella lo siguió, y lo golpeó y golpeó, hasta que estuvo fuera de su casa.

Dejó caer el bate, y se sentó sobre la cama. Sabía que Eso aún estaba allí fuera.

—Quizás no pueda evitar que me rondes —le dijo, sabía que podía oírle, y aunque no le viera, notaba aquella mirada de siniestros ojos pardos como si estuviera al lado, —pero no te dejaré entrar, NUNCA MÁS.

FIN

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*Puedes leer aquí el relato de Navidad.

 

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